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Tauromaquia: miseria de una fiesta
nacional |

Se
ha calificado a las corridas de toros en España como una fiesta nacional
que, sin duda alguna, lo es. Pero dar cuenta de ello por su acto y por
conciencia moral, no es más que una afrenta a la dignidad del hombre y
una vergüenza a la cultura española.
¿Por qué, entonces, se dice que esta fiesta nacional es parte de la
cultura española? ¿O se le promueve como un bien de interés cultural,
además, de creer que sea un símbolo de la hispanidad? A decir verdad por
principios y convicciones morales semejantes apreciaciones o
valoraciones no es otra cosa que simples aberraciones humanas. Puesto
que entendemos por cultura como una gran visión integral, con raíces del
mundo, de la vida y de la historia; como una visión que nutre, crece y
se modifica; cuando por sus hechos están influidos por valores humanos
y/o espirituales. Por lo tanto, no podríamos considerarlo como una
fiesta cultural cuando se aplica la barbarie, el sadismo refinado; por
recreamiento o divertimento hacia la caza del animal. Como no fueron
creíbles en Canarias cuando en 1991 se le suprimió al ser considerado
como un espectáculo sangriento contra los animales. Y últimamente en
Cataluña en donde ya a partir de 2012 será suprimida. No es sino
a-cultural (puesto que está fuera de la cultura). Y más aún es inmoral
(porque es malo, indebido, no valioso). Similar como ocurre con las
peleas de gallos; como condenable la caza por consumo que se arrastre
con la matanza cruel, inhumana, sangrienta y desproporcionada como se
lleva acabo con las ballenas. Por lo tanto, no es un hecho cultural
sino una "media cultura" de una ignorancia total, alimentada por la
vulgaridad, la mediocridad y el sadismo.
Por desgracia, este tipo de espectáculo aún se sigue considerando como
algo "inherente al pueblo español", un presente de los "siglos del
cuerno", un fenómeno social que desfavorece todas las tesis compasivas
con el reino animal.
Habría que decir que la tauromaquia (el arte de lidiar toros) no es más
que una miseria de una fiesta nacional que no tiene nada de divino,
épico o sobrenatural como se esfuerzan en elevarla los pro taurinos.
Veamos algunas pruebas de esta miserable condición humana. En el siglo
XVII durante el reinado de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, se
celebraba las fiestas de toros en lo religioso y profano. Motivos
religiosos que podrían ser festividades, canonizaciones,
beatificaciones... y profanos en llegadas y recibimientos, matrimonios,
nacimientos, cumpleaños, viajes y acontecimientos públicos.
Todos los años, con motivo de la festividad de San Isidro el 15 de Mayo
comienza en Madrid la feria taurina que lleva su nombre, lo que
significa un mes de corridas casi a diario (22 corridas de toros, 3
corridas de rejones y 3 novilladas picadas, en el año 2001). Este tipo
de salvajada cultural taurina también se celebra en país sudamericanos
como el Perú. Aquí se inicia un 1º de Octubre, llamada "Feria del Señor
de los Milagros." ¡Es inaudito que Isidro honrado como un santo entre
los españoles desde 1175 se manche el buen nombre de este! Lo más
sugerente y apropiado para dicha fiesta podría llamarse: la fiesta de
Lucifer, o la fiesta de Belcebú, o simplemente la fiesta del Maligno.
Este acontecimiento que se extiende por todo el territorio español y a
varios países del área hispanoamericana no es más que una "españolada"
(palabra textual del sabio y Premio Nobel en literatura, en 1906, Ramón
y Cajal). No es más que la obra "no de hombres sino del demonio" San Pío
V. Un espectáculo de muerte y vanidad humana, que nunca favorece a
España.
En un capítulo titulado Alrededor de la Muerte, la inmortalidad y la
gloria de Ramón y Cajal, nos escribe: "Una cornada en el corazón mata al
caballo, una estocada en la misma víscera derriba al toro, que a su vez,
en derrote desesperado y vengador, abre al lidiador el pericardio.
Puestos que todos poseen un corazón y un sistema nervioso complicado
¿concederemos alma a los tres o a uno sólo? Y si nos decidimos por la
última disyuntiva ¿se la otorgaremos al caballo inocente, al toro feroz
o al hombre rudo que en vez de cultivar la tierra, tiene por oficio
destruir los animales que ayudan a labrarla? ¿Quién es menos bruto de
los tres y el más digno de la inmortalidad del espíritu? Para mí la
cuestión no ofrece la menor duda; el caballo."
Lope de Vega (1562-1635) no era aficionado ni apologista a las corridas
de toros, pero una de las pocas condenas a la fiesta de los toros que se
conoce de él, nos dice:
¡Fiesta
mortal! A tu inventor primero
maldiga el cielo con su mano eterna
Mala, con toro manso; buena, fiero que mata,
Hiere, pisa y desgobierna.
La fiesta es ver morir bárbaro y fiero
Contra la condición humana y tierna,
Los que no os hacen mal, ni mal os quieren.
¡Bárbaros españoles, inhumanos!
Más crueles que idólatras y escitas,
Que entre la religión de los cristianos,
Leyes fieras tenéis con sangre escritas.
¡Volved los ojos, si lo son de humanos,
con lágrimas y voces infinitas,
a questa imagen de dolor y miedo
del mísero don Diego de Toledo.
Dice Pérez de Ayala en Política y toros que "es un hecho de profunda
significación en la vida española y de raíces tan hondas y extensas que
no hay actividad social o artística en que no se encuentren sus huellas,
desde el lenguaje hasta la industria o el comercio." Una verdad que en
nada favorece y pueda enorgullecer al pueblo español. Sin duda alguna,
hay poderosas razones económica de la supervivencia de las corridas de
toros. Un negocio de hecho público violento, innecesario y amoral.
Pregunto: ¿Dónde están las leyes justas y representativas del adelanto
del Derecho Civil español, en lo que a una buena norma se llamaría "la
ley y el orden cívico"?
Es claro y evidente que existe una sociedad económica, política e
intelectual y religiosa española aficionada, interesada e "infectada"
por los toros como Vicente Espinel (1550-1624) quien le brinda grandes
elogios y exaltación de la fiesta y de sus protagonistas. Y otros,
conservadores, que ni lo elogian ni manifiestan su enemistad hacia el
espectáculo taurino como el español y Premio Nobel Tirso de Molina
(1571-1648) o Echegaray quien lo recibiera en 1904, en sus escritos no
hemos encontrado ninguna opinión sobre los toros, ni siquiera una
alusión. Lo que es obvio que responden a sus cobardías. No son más que
testigos falsos que se han hecho a sí mismos, completamente
indiferentes, sin ética, ni moral, y sin formación espiritual.
Dentro de esta gran realidad de la vida española se manifiesta a una
iglesia católica comprometida, colaboradora y sin oposición a esta ruina
del alma.
Veamos como nos pone a la iglesia católica en relación con el mundo de
los toros, el Premio Nobel de literatura, en 1922, el español Don
Jacinto Benavente: "La Iglesia, nos dice, tiene o ha tenido, un espíritu
benévolo, ha mirado siempre con benevolencia al espectáculo taurino.""La
Iglesia, tan intransigente en ocasiones con el teatro, con el libro y
con la prensa, dispensa la más benévola tolerancia a las corridas de
toros." Como es posible, viene a preguntarse, Benavente, que la Iglesia
sea tan dura con todo aquel desvío procedente de la inteligencia sea tan
blanda para un espectáculo que extraña violencia"? "Para la inteligencia
con todos los rigores; para la brutalidad las más indulgentes sonrisas."
"La Iglesia, tan celosa en fulminar anatemas contra los errores de
pensamiento (...) no lo es del mismo modo contra estos errores de
acción."
Y es verdad que la postura de la Iglesia católica española ante las
corridas de toros ha tenido que ver con las conveniencia que con la
coherencia. He aquí algunos testimonios de religiosos católicos que
atestiguan la tinieblas de estos actos.
Juan Mariana (1535-1624), el Padre Mariana, historiador y eclesiástico
español, expone en su obra De Spectaculis, los argumentos más contrarios
a la fiesta de los toros. Por ello es considerado este jesuita como uno
de los grandes enemigos con que ha contado aquélla a través de la
historia. Quien calificara de "nefasto, cruel y negro espectáculo."
Santo Tomás de Villanueva, Ermitaño agustino español, 1488-1555, habla
de rito gentil, de barbaridad, de "bestial y diabólica usanza",
advirtiendo a los que no prohibían las corridas que "no sólo pecáis
mortalmente, sino que soís homicidas y deudores delante de Dios en el
día del Juicio de tanta sangre violenta vertida."
"¡Cuán grandes son tus obras, OH Jehová! Muy profundos son tus
pensamientos. El hombre necio no sabe, Y el insensato no entiende esto.
Cuando brotan los impíos como la hierba, y florecen todos los que hacen
iniquidad, es para ser destruidos eternamente." Salmos 92:5-7
A través de la fiesta de los toros se han creado incontables elementos
culturales a lo largo de la historia: poesía, prosa, periodismo, teatro,
música, cine y arte. Se le ha brindado grandes elogios y exaltación de
la fiesta y de sus protagonistas como el Premio Nobel español Vicente
Espinel (1550-1624). Pues esto es un signo más, claro y evidente, de la
decadencia ética española, de la sensibilidad estética de sus presuntos
homo sapiens. Es una estocada en la misma víscera a la idiosincrasia
española , que se dice que recibieron de los romanos las influencias en
sus caracteres, tales como el orgullo y el sentido del honor; de los
árabes heredaron el "fatalismo", el espíritu bélico y la pasión; que los
godos les legaron el espíritu religioso y la diferenciación jerárquica;
el individualismo y la independencia de los celtas, y que pueden
presumir de valor y lealtad gracias a sus viejísimos abuelos los iberos.
Pues en definitiva, las corridas de toros forman parte de la incivilidad
ibérica, lo cual constituye uno de los rasgos permanentes de la
idiosincrasia española.
Finalmente, el argumento central de este documento es censurar y
condenar cualquier acto que implique sufrimiento o muerte de cualquier
animal, sin otro motivo que la simple diversión, como lo es el
espectáculo taurino, y que, siendo su práctica un oficio infame y vil,
resulta cuestionable e injustificable y preocupante que el nación
española se desatienda de los juicios morales, se desvíe de la piedad y
del cristianismo que dicen practicar, y se perpetúe bajo la envoltura
vacía del Medioevo.
Luigi Campos Chalco
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